Para muchas personas, el ejercicio está teñido de culpa. Se mueven para compensar lo que comieron. Para alcanzar un cuerpo diferente. Para castigarse por no haber hecho suficiente.
Desde ese lugar, el movimiento se convierte en una obligación. En algo que hay que aguantar. Y cuando no se puede aguantar más, se abandona.
Pero hay otra forma de moverse. Desde el cuidado. Desde el placer. Desde la gratitud por lo que el cuerpo puede hacer.
Cuando te mueves desde el amor, el movimiento cambia de naturaleza. Ya no es una penitencia, es un regalo. Ya no es algo que tienes que hacer, es algo que quieres hacer.
Encuentra el movimiento que te alegra. No el que más calorías quema. No el que más impresiona. El que te hace sentir viva, presente, en tu cuerpo.
Puede ser bailar en tu cocina. Caminar descalza en el pasto. Nadar. Estirarte al despertar. Lo que sea que te devuelva a ti misma.