La mayoría de nosotras no cerramos el día. Lo dejamos abierto. Seguimos revisando el teléfono hasta que el sueño nos vence. Llevamos las preocupaciones a la cama. Nos dormimos con el cerebro todavía procesando el día.
Y luego nos preguntamos por qué no descansamos bien.
Cerrar el día es un acto consciente. Es decirle al sistema nervioso: ya terminó. Ya puedes soltar. Es crear una transición entre el hacer y el descansar.
No tiene que ser elaborado. Puede ser apagar las pantallas 30 minutos antes de dormir. Escribir tres cosas que pasaron hoy. Darte una ducha con atención. Leer algo que no sea trabajo.
Lo que importa es la señal que le das a tu cuerpo y a tu mente: el día terminó. Lo que no se resolvió hoy puede esperar a mañana. Ahora es tiempo de descansar.
Cuando empiezas a cerrar bien el día, la calidad del sueño mejora. Y cuando el sueño mejora, todo lo demás también.